El trágico asesinato de un chico de 16 años visibilizó una profunda crisis en el este neuquino. Las familias denuncian el avance del narcotráfico, el consumo de crack en adolescentes y la urgencia de modificar las leyes de salud mental para facilitar las internaciones.
La inseguridad en barrio Confluencia ha llegado a un punto crítico que ya no admite demoras ni parches institucionales. El trágico homicidio de un adolescente de 16 años durante el último fin de semana, en medio de un histórico enfrentamiento entre familias del sector, encendió las alarmas de una comunidad que exige pacificación inmediata y respuestas de fondo.
Lejos de ser un caso aislado, la muerte de Francisco destapó una olla a presión que los vecinos del este de Neuquén capital vienen denunciando desde hace más de una década: el avance irrestricto del narcomenudeo, el consumo de drogas duras desde edades cada vez más tempranas y la sensación de abandono por parte de las estructuras gubernamentales.
El impacto del consumo problemático en los jóvenes
“El 95% de la inseguridad que tenemos está vinculada al problema del consumo”, aseguran los referentes vecinales que acompañan a las familias afectadas. La realidad golpea con crudeza: chicos de apenas 12 años se encuentran sumidos en la adicción al crack, una sustancia altamente destructiva que empuja a los jóvenes a la delincuencia para poder sostener su consumo diario.
Ante esta situación, los vecinos y operadores barriales apuntan a un obstáculo central: la imposibilidad de accionar médicamente. Las familias, totalmente desbordadas y en estado de desesperación, chocan de frente contra las limitaciones de la Ley Nacional de Salud Mental N° 26.657.
Dato clave: El Artículo 20 de la actual legislación establece criterios sumamente estrictos para la internación involuntaria, exigiendo que exista un “riesgo cierto e inminente para sí o para terceros” evaluado por un equipo interdisciplinario. En la práctica, los operadores sociales señalan que los jóvenes intoxicados son dados de alta de las guardias hospitalarias a las pocas horas, regresando inmediatamente a las calles y al consumo.
El terror de las represalias y la falta de contención
La escalada de violencia no solo se cobra vidas en las calles, sino que destruye el tejido social del barrio. Viviendas incendiadas, tiroteos a plena luz del día y amenazas constantes han provocado que muchos habitantes decidan encerrarse, perdiendo el uso del espacio público. “Hay vecinos que tienen mucho miedo, que no quieren dar sus nombres ni asomarse a la puerta porque les queman la casa”, relata una de las habitantes que impulsa el pedido de justicia.
Frente a la crisis, un grupo de vecinos, junto a operadores de clubes locales e instituciones sociales, logró concretar una reunión de urgencia en la Escuela 136 con la presencia de autoridades de Seguridad de la provincia y del municipio. El mensaje fue claro: la presencia policial intermitente no alcanza.
Un llamado a la acción estatal integral
La comunidad de Confluencia entiende que la represión del delito es solo una cara de la moneda. Para cortar el círculo de violencia de raíz, exigen una intervención estatal coordinada que involucre a los tres pilares fundamentales: Seguridad, Salud Pública y Desarrollo Social.
Las demandas se centran en tres ejes urgentes:
- Presencia policial preventiva y sostenida para pacificar las zonas calientes y desarticular los puntos de venta de droga.
- Centros de atención y contención efectivos, donde los profesionales de la salud tengan herramientas legales y de infraestructura para internar y tratar a los jóvenes con adicciones severas.
- Espacios de desarrollo social y deportivo que brinden oportunidades reales, talleres de oficios y un proyecto de vida a los adolescentes que hoy se encuentran marginados del sistema educativo y laboral.
El barrio Confluencia se niega a resignarse a ser una “zona liberada”. Con el dolor a cuestas, la comunidad espera que esta tragedia marque un punto de inflexión y que las autoridades transformen las promesas en políticas públicas concretas y duraderas.









