La profesora e investigadora en historia desmenuzó las causas del triunfo de Alternativa para Alemania, el rol de los recursos naturales y las diferencias demográficas con los movimientos conservadores en América Latina.
El reciente extrema derecha a nivel global encuentra un nuevo hito tras las elecciones en Alemania, donde el partido Alternativa para Alemania (AfD) logró un triunfo histórico. En diálogo con Rivadavia Neuquén, la profesora de historia e investigadora Daniela Miguel analizó este fenómeno y desgranó las causas profundas que alimentan a los sectores conservadores tanto en Europa como en América Latina.
El impacto de la policrisis europea
El triunfo de la AfD (fuerza nacida en 2013) en la región oriental alemana marca la primera vez desde la Segunda Guerra Mundial que un partido de este espectro formará un gobierno regional. Según explicó Miguel, tras el proceso de desnazificación, “la derecha y la ultraderecha perdió mucho poder […] quedó al margen del sistema democrático”, pero en los últimos años logró reagruparse.
Este resurgimiento se enmarca en lo que el ámbito académico denomina una “policrisis”. La especialista enumeró múltiples factores que catalizaron el enojo social: las secuelas de la crisis financiera de 2008, la ola de refugiados de 2015, la pandemia, la guerra en Ucrania y el temor a perder soberanía frente a la Unión Europea. A esto se sumaron las políticas de transición energética frente al cambio climático, que derivaron en masivas revueltas agrarias.
En este escenario de inestabilidad, los discursos nacionalistas encontraron terreno fértil. “Hoy nos encontramos que el miedo es la islamización”, detalló la investigadora, diferenciando este sentimiento hacia los refugiados de Medio Oriente del clásico antisemitismo del siglo XX. Al respecto, trazó un duro paralelismo con el presente conflicto en la Franja de Gaza y el accionar de Israel: “Estamos viendo que se está dando un genocidio de un pueblo hacia otro y no hacemos nada”.
Contraste demográfico y estético
Al trazar un puente con el escenario político de Argentina y la región, Miguel destacó una diferencia demográfica central. Mientras que a nivel local las ideas conservadoras captan fuertemente al electorado joven, en Europa el núcleo duro es inverso.
Nuevamente en diálogo con Rivadavia Neuquén, la docente precisó que en Alemania el apoyo proviene de “población adulta, vieja, de zonas rurales”. Se trata de habitantes de la antigua Alemania Oriental, un sector que sufrió una severa desindustrialización tras la reunificación de los años noventa y que hoy reside en poblados económicamente deprimidos.
Además, la investigadora analizó las estrategias de lavado de imagen de los nuevos liderazgos, desde la estética noventosa del actual presidente en Argentina hasta la figura de Alice Weidel, líder de la AfD. En paralelo, Miguel advirtió sobre el uso de redes sociales para manipular al electorado mediante la lectura de datos masivos.
Crisis de representación y neo-colonialismo
El descontento generalizado se traduce en una apatía hacia el sistema democrático. La población ya no elige por convicción ideológica, sino por descarte frente a la desigualdad y las fallas institucionales. “Hay una crisis de representatividad y la crisis de las democracias occidentales en la que nos encontramos”, afirmó Miguel.
Esta crisis interna se combina con una agresiva política exterior enfocada en los recursos naturales. La profesora conectó las tensiones de Francia con sus excolonias africanas —como Burkina Faso, donde el líder Ibrahim Traoré rompió lazos con París por el saqueo de minerales y piedras preciosas— con la situación en América Latina. Frente al interés extranjero por las reservas de litio de Argentina, Chile y Bolivia para el desarrollo tecnológico, la investigadora concluyó tajante: “Estamos en una etapa neocolonial”.
Otros temas de la agenda geopolítica
Finalmente, el intercambio abordó brevemente el rol del gigante asiático en la economía mundial. Miguel destacó las particularidades del sistema mixto de ese país, recordando que, pese a su plena inserción en el mercado internacional, el mayor inversor de las empresas chinas sigue siendo el propio Estado, marcando una diferencia de gestión y planificación a largo plazo respecto a las potencias occidentales.






