La crisis en comedores de Neuquén expone la cara más cruda de la desigualdad. Mientras la provincia rompe récords de producción petrolera, espacios asistenciales como el Liquinier llevan casi tres semanas paralizados por la falta de partidas provinciales, dejando a cientos de familias y personas en situación de calle sin su única ración diaria de comida.
La crisis en comedores de Neuquén vuelve a poner sobre la mesa la enorme paradoja socioeconómica de nuestra región. En la provincia que tracciona los dólares de Vaca Muerta y promete un futuro de abundancia, las ollas de los sectores más vulnerables están vacías. El comedor Liquinier, un espacio vital para la contención social en la capital, lleva 20 días sin poder entregar viandas debido a la interrupción en la entrega de insumos por parte del gobierno provincial.
Día a día, de lunes a viernes, este comedor asiste a 285 personas. Sin embargo, la falta de repuestas desde la gestión central ha obligado a las trabajadoras a suspender la asistencia.
Empleados presentes, alacenas vacías
La dinámica administrativa del lugar roza lo insólito. El espacio funciona con un equipo de seis empleadas públicas que dependen directamente del Ministerio de Desarrollo Social. Sus salarios, que rondan los 1,4 millones de pesos cada una, se abonan en tiempo y forma, lo que representa una inversión estatal cercana a los 10 millones de pesos mensuales solo en personal. No obstante, el Estado no les envía los alimentos para que puedan realizar su trabajo.
La cadena de responsabilidades apunta a la cartera provincial. Según se pudo relevar, las demoras obedecerían a una falta de presentación a tiempo de las órdenes de compra. Mientras el ministro del área, Lucas Castelli, se encuentra de licencia por problemas de salud, las miradas y los reclamos urgentes recaen sobre la directora de Comedores, Vilma Keupan, quien hasta el momento ha mantenido un hermético silencio ante las consultas de las referentes sociales.
El drama de la calle y la salud mental
La parálisis en la asistencia alimentaria agrava un cuadro social que ya es crítico. Entre las personas que asisten al comedor Liquinier, hay familias enteras —incluso ex taxistas empujados a la quiebra por la crisis económica nacional— y un número alarmante de personas en situación de calle. Alrededor de 40 individuos que acudían por su vianda diaria se encuentran atravesados por severos consumos problemáticos.
Esta realidad saca a la luz otra deuda pendiente del Estado neuquino: la falta de infraestructura para tratar adicciones y salud mental. Las personas en situación de calle con problemas de consumo no cuentan con un centro de rehabilitación integral tipo “granja” en la región norpatagónica. Sin contención alimentaria ni sanitaria, este sector queda empujado a la marginalidad total, incrementando el riesgo de delitos menores orientados a la subsistencia y generando roces con los vecinos, situación que actualmente intentan mediar junto a las comisarías barriales.
La paradoja de la pobreza en la tierra del gas
A la espera de que la próxima semana ingresen víveres secos y verduras, la tensión social sigue en aumento. Los datos estadísticos recientes del INDEC advierten de manera constante que la pobreza en el conglomerado Neuquén-Plottier afecta a una porción enorme de la población, evidenciando que el derrame del “oro negro” no llega a los barrios periféricos.
Hoy, la urgencia no admite burocracia. Cuando las políticas económicas reducen el empleo y vacían los bolsillos, los comedores barriales se convierten en la última red de seguridad antes de la caída definitiva. Demorar 20 días una partida de alimentos no es un simple error en un Excel gubernamental; es, lisa y llanamente, jugar con el hambre de quienes ya lo han perdido todo.








