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Un comedor en el barrio Confluencia asiste a más de 80 vecinos: denuncian envíos insuficientes de la Provincia

La situación en los barrios más vulnerables de la ciudad se agrava semana a semana. Laura Duarte, referente de un comedor en el barrio Confluencia, denunció que las raciones enviadas por Desarrollo Social no alcanzan para cubrir la creciente demanda. Mientras las promesas oficiales se demoran, la solidaridad vecinal es la única respuesta ante el hambre.

La necesidad no sabe de burocracia. Esa es la premisa que sostiene el trabajo diario de los referentes barriales que, ante un escenario económico cada vez más crítico, buscan paliar el hambre de sus vecinos. En la ciudad, la situación de un comedor en el barrio Confluencia expone la desconexión entre las promesas oficiales y la cruda realidad de la calle.

Laura Duarte, responsable de este espacio comunitario, expresó su frustración tras un reciente envío de mercadería por parte del Ministerio de Desarrollo Social. Según relató, luego de una serie de reuniones donde se les aseguró un refuerzo en los envíos, la ayuda fue casi simbólica frente a la magnitud del problema.

Un envío que no alcanza La demanda en el comedor creció exponencialmente, pasando de asistir a unas 50 personas a tener que garantizar un plato de comida para más de 80 vecinos. Sin embargo, la asistencia del Estado no acompañó este crecimiento.

“Hacen tres semanas que me vienen mandando una bolsa de papa, una bolsa de cebolla, tres bolsas de zanahoria y cuatro cajas de pollo”, detalló Duarte. La dirigente social aclaró que la entrega no incluyó alimentos secos fundamentales, como fideos o arroz, que habían sido prometidos.

Para poder alimentar a todas las personas que se acercaron, las cocineras tuvieron que ingeniárselas y racionar al máximo los insumos. “Tuvimos que sacar dos porciones de cada pata muslo”, ejemplificó Laura, ilustrando la precariedad con la que deben trabajar.

La “burocracia” versus el hambre Más allá de la falta de alimentos, Duarte apuntó directamente contra los tiempos y las trabas administrativas del sistema estatal. “La panza de la gente tiene que esperar”, ironizó la referente al referirse a la respuesta habitual de los funcionarios, quienes argumentan demoras en expedientes y pagos.

A pesar de este complejo panorama, el comedor sigue funcionando gracias a un motor inagotable: la solidaridad. Según explicó la responsable del espacio, la colaboración desinteresada de vecinos, amigos y comerciantes de la zona es lo que permite que la olla siga llena. Mientras tanto, el reclamo de los barrios sigue a la espera de respuestas concretas y efectivas por parte del Estado.

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