La trata de personas y la prostitución conforman un entramado de explotación que vulnera a mujeres y menores. Patricia Maistegui, de la Fundación Irene, advierte sobre la inacción del Estado, las nuevas redes digitales y la complicidad de la sociedad frente a esta grave problemática.
La trata de personas es un delito complejo que incomoda, pero que exige ser puesto sobre la mesa para evitar que siga creciendo en la sombra. Patricia Maistegui, integrante de la Fundación Irene, brindó un crudo diagnóstico sobre la situación actual, desarmando mitos y exponiendo la inacción de quienes deberían proteger a las víctimas. A nivel global, los datos de organismos internacionales como Naciones Unidas indican que la inmensa mayoría de las víctimas de explotación sexual son mujeres y niñas, una realidad estadística que se refleja dolorosamente en las calles argentinas.
El cuerpo como mercancía y la complicidad de la demanda
Existe un esfuerzo constante por intentar romantizar o regular la prostitución bajo el título de “trabajo sexual”, un concepto que desde las organizaciones de base rechazan tajantemente. La prostitución es, en esencia, violencia y explotación. Es un mercado donde los cuerpos de las mujeres y las infancias se vuelven la materia prima de un negocio millonario, y donde son tratadas como material de descarte.
En el centro de este entramado se encuentra la figura del mal llamado “cliente”. En la jerga de la lucha contra la trata, se lo define como “prostituyente”. Sin esta demanda, no existiría la oferta. Son aquellos varones que pagan por el acceso al cuerpo de otra persona los que sostienen y perpetúan la cadena de esclavitud.
El Estado ausente y el abandono de las víctimas
Uno de los puntos más alarmantes es el retroceso en materia de políticas públicas y derechos conquistados. Maistegui denuncia un desmantelamiento institucional sistemático. La Línea 145, el canal oficial y nacional para denunciar delitos de trata, hoy se encuentra operando al mínimo, sin recursos ni capacidad de respuesta efectiva.
La tragedia no termina cuando una mujer es rescatada. El sistema falla al no brindarle asistencia real: no hay presupuesto, no se les garantiza una vivienda y no se les otorgan herramientas para reinsertarse en la sociedad. Las víctimas, muchas veces con severos traumas emocionales y físicos, quedan a la deriva, lo que incrementa el riesgo de que vuelvan a caer en las redes de trata.
La nueva era de los prostíbulos digitales
La tecnología ha abierto nuevas puertas para la explotación. Hoy en día, los prostíbulos no solo tienen una dirección física, sino que operan en internet. Aplicaciones y plataformas como OnlyFans, o las ofertas encubiertas bajo la figura del “Sugar Daddy”, son catalogadas por los especialistas como burdeles virtuales.
Estos sistemas apuntan a un público cada vez más joven, vendiendo una falsa idea de empoderamiento económico, cuando en realidad fomentan la hipersexualización, el machismo y la cosificación absoluta de las personas.
La realidad a la vuelta de la esquina: el escenario en Neuquén
Lejos de ser una problemática ajena, la explotación sexual tiene direcciones concretas en Neuquén. Existen zonas céntricas, como la calle Santa Fe o Belgrano, donde es de público conocimiento la existencia de departamentos privados o locales nocturnos que funcionan como lugares de explotación.
La lucha contra la trata de personas requiere un compromiso colectivo. Dejar de naturalizar el consumo, exigir presupuesto para las áreas de rescate y promover una educación basada en el respeto son los primeros pasos ineludibles para erradicar la esclavitud del siglo XXI.








