En diálogo con Rivadavia Neuquén, el nutricionista Samuel García advirtió sobre el impacto del efecto rebote que generan las dietas mágicas y explicó por qué la educación alimentaria es la única salida sostenible.
Caer en la trampa de las dietas mágicas es uno de los errores más comunes cuando se busca bajar de peso de forma rápida y sin esfuerzo. Sin embargo, los profesionales de la salud coinciden en que los atajos restrictivos no solo son ineficaces a largo plazo, sino que también resultan perjudiciales para el organismo.
“El gran problema de la sociedad argentina en relación a la alimentación es que somos analfabetos nutricionales”, aseguró el nutricionista Samuel García durante la entrevista. Esta falta de educación alimentaria, combinada con el bombardeo constante de la industria de los ultraprocesados, genera una confusión que empuja a las personas a tomar malas decisiones, como suprimir comidas o apostar por métodos de desintoxicación extremos.
En el país, las cifras de sobrepeso y obesidad continúan en aumento; según datos del Ministerio de Salud de la Nación, más del 60% de la población adulta padece exceso de peso, lo que vuelve urgente un cambio de enfoque que deje de lado la restricción y fomente hábitos reales.
El analfabetismo nutricional y la trampa de la balanza
Uno de los conceptos más fuertes que dejó el especialista es la diferencia entre hacer una dieta y construir un hábito. “La dieta tiene fecha de vencimiento. Lo primero que quiere una persona cuando la empieza es terminarla”, graficó García.
Esa restricción extrema suele desencadenar el temido “efecto rebote”. Al someter al cuerpo a un déficit calórico agresivo, se pierde líquido y masa muscular de forma rápida, lo que la balanza refleja como un éxito irreal. Sin embargo, cuando la persona no soporta más la restricción y vuelve a comer con normalidad, el cuerpo, que se encontraba en estado de alerta, recupera ese peso exclusivamente en forma de grasa. Para tomar dimensión del esfuerzo fisiológico, el profesional detalló que bajar medio kilo de grasa pura equivale a quemar unas 7.000 calorías.
Por este motivo, el especialista aconseja abandonar el “pesocentrismo”. La balanza no distingue entre retención de líquidos, masa muscular o tránsito intestinal. La ropa y cómo nos sentimos con ella suele ser un parámetro mucho más fiel y menos frustrante.
Organización: la verdadera clave para generar hábitos
Para lograr un cambio sostenido, no se trata de comer con culpa, sino con consciencia. García reconoció haber comido tortas fritas, pero enfatizó que la clave está en la decisión consciente y en no hacer de la excepción una regla diaria.
El secreto radica en la planificación y en evitar llegar a las comidas principales con un hambre voraz. Saltar el desayuno o el almuerzo por falta de tiempo suele terminar en atracones nocturnos. Para evitarlo, el nutricionista propone estrategias prácticas:
- Comer fraccionado: Mantener el sistema digestivo activo requiere energía. El simple acto de digerir alimentos saludables fraccionados durante el día gasta calorías.
- Disponibilidad visual: Si la fruta está escondida en el cajón de la heladera, es probable que se eche a perder. La recomendación es dejarla lavada y lista para consumir en una frutera sobre la mesa.
- Tácticas para eventos: Ante un asado o una fiesta, una buena estrategia es comer primero un plato abundante de ensalada o frutas. Esto genera saciedad y reduce el margen para los alimentos ultraprocesados o muy calóricos.
La conclusión es clara: no existen soluciones en polvo, quemadores milagrosos ni batidos salvadores. La salud se construye todos los días en la cocina, con compras inteligentes, alimentos reales y, sobre todo, entendiendo que comer bien es un hábito para toda la vida.







