El modelo económico de Javier Milei plantea un retorno a los cimientos de fines del siglo XIX. Un análisis profundo sobre la matriz agroexportadora, la infraestructura diseñada para el saqueo y las similitudes con las políticas actuales de flexibilización laboral y extractivismo.
El modelo económico de Javier Milei ha puesto en el centro del debate público una reivindicación constante: el retorno a los valores y estructuras de la Argentina de fines del siglo XIX y principios del XX. Sin embargo, detrás de la narrativa de aquella “potencia mundial” se esconde una matriz de desigualdad profunda. Como si la historia se leyera al revés —en una metáfora que recuerda a la película Monsters, Inc.—, las políticas actuales parecen ignorar las duras realidades que sostenían aquel sistema agroexportador.
La ilusión del granero del mundo
Entre 1880 y 1914, Argentina se insertó en la división internacional del trabajo con un rol claro y subordinado: exportar materias primas (carne y granos) a un mundo industrializado liderado por Inglaterra. Lejos de fomentar una industria propia, el país se limitó a importar manufacturas terminadas.
Dato histórico clave: Si bien para 1910 Argentina ostentaba uno de los PBI per cápita más altos del mundo, esa riqueza estaba brutalmente concentrada. Menos de 300 familias patricias eran dueñas de la mayor parte de las tierras productivas de la pampa húmeda.
Infraestructura a medida: el ferrocarril como embudo
Uno de los mitos más grandes de la época es el del desarrollo impulsado por la inversión extranjera. Los capitales foráneos financiaron ferrocarriles y frigoríficos, pero con un diseño estrictamente extractivista. La red ferroviaria, que llegó a superar los 34.000 kilómetros, no fue pensada para unir al país. Su estructura en forma de embudo tenía un único objetivo: llevar la producción rápidamente al puerto de Buenos Aires para su exportación.
Esta lógica de enclave impidió el desarrollo de economías regionales conectadas. Un viaje transversal, como ir de Neuquén a Mendoza o Córdoba, resultaba imposible sin pasar antes por la capital del país, una carencia de integración federal que todavía hoy genera cuellos de botella logísticos.
La contracara del éxito: hacinamiento y represión
El “éxito” de este modelo económico se sostuvo sobre las espaldas de la clase trabajadora y la población inmigrante. Las condiciones de vida estaban marcadas por la marginalidad:
- Jornadas laborales extenuantes: Turnos de 12 a 14 horas sin descanso dominical asegurado.
- Trabajo infantil y femenino: Explotación sistemática sin marcos regulatorios que protegieran a los sectores más vulnerables.
- Hacinamiento: Familias enteras viviendo en piezas minúsculas de conventillos, donde proliferaban enfermedades. Para 1914, casi el 30% de la población de Buenos Aires vivía en estas condiciones.
- Represión estatal: Frente al descontento y las huelgas, la respuesta del Estado fue la violencia institucional y normativas como la Ley de Residencia, utilizada para deportar a líderes sindicales y sofocar los reclamos de condiciones dignas.
El impacto en Neuquén: del latifundio al extractivismo moderno
Las sombras de este esquema histórico resuenan con fuerza en la actualidad patagónica. Durante la consolidación del Estado Nacional, la Campaña del Desierto despojó de sus tierras a las comunidades originarias para entregarlas a grandes terratenientes. Un caso emblemático en la región fue el de Casimiro Gómez, quien acumuló vastas extensiones de tierra con lógicas puramente especulativas.
Hoy, el paralelismo es ineludible. Mientras se impulsan regímenes de grandes inversiones a largo plazo (como el RIGI) con beneficios extraordinarios por 30 años, la matriz productiva regional enfrenta el desafío de no repetir la historia. El vertiginoso desarrollo de Vaca Muerta y la industria hidrocarburífera en Neuquén corren el riesgo de convertirse en un nuevo modelo extractivista si no se prioriza la retención de valor en origen, la mejora de la infraestructura local y la defensa irrestricta de los derechos de los trabajadores.
Replicar el pasado sin una mirada crítica no es un salto hacia la modernidad, sino un retroceso hacia una Argentina diseñada para unos pocos.









