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El avance de la ultraderecha: rebeldía, redes sociales y el desafío en las aulas

En diálogo con Rivadavia Neuquén, la profesora e investigadora de la UNCo, Daniela Miguel, analizó las múltiples causas detrás del avance de la ultraderecha, el impacto del entorno digital en los jóvenes y la urgente necesidad de replantear la enseñanza de la historia reciente.

Comprender el avance de la ultraderecha en el escenario político actual exige una mirada profunda que trascienda la coyuntura electoral y analice el clima de época. Frente a un modelo de democracia representativa en crisis y partidos políticos tradicionales que perdieron su capacidad de respuesta, los discursos radicalizados encontraron un terreno fértil para canalizar el enojo social, especialmente entre las nuevas generaciones.

La captura de la rebeldía y el enemigo interno

Para Daniela Miguel, profesora de historia de la Universidad Nacional del Comahue (UNCo) e investigadora especializada en problemas sociales en la enseñanza, este fenómeno no se explica por una sola causa, sino por un contexto de crisis económica, política y cultural. Durante décadas, los gobiernos de corte progresista buscaron la institucionalización de derechos, pero en ese proceso terminaron mimetizándose con el establishment. “Hoy el discurso de las nuevas derechas es que la izquierda o los progresismos son el sistema, y ellos capturaron la rebeldía”, sostiene la especialista.

En esta batalla cultural, la ultraderecha necesita un “enemigo interno” para consolidar su identidad. Categorías como “la casta”, “el progresismo” o un fantasmagórico “comunismo” –término desfasado de la realidad geopolítica actual, pero efectivo a nivel discursivo– son reactivadas para aglutinar el descontento y justificar una retórica violenta. Según informes recientes del Observatorio de Radicalización Política, el uso de términos despectivos hacia minorías y sectores progresistas en plataformas digitales aumentó un 45% en el último año en Argentina.

Redes sociales y los dueños del discurso

El estallido de este fenómeno no podría entenderse sin el ecosistema digital. Miguel advierte que no estamos frente a una radicalización puramente orgánica, sino ante una maquinaria de manipulación masiva impulsada desde Silicon Valley. Figuras multimillonarias como Elon Musk o Peter Thiel son dueñas de los algoritmos que deciden qué contenidos se viralizan, premiando la polarización y el extremismo discursivo.

Las plataformas digitales se convirtieron en el principal campo de adoctrinamiento, donde los discursos totalitarios se camuflan bajo la premisa de una falsa “libertad sin límites”, llegando de manera directa y sin filtros a millones de usuarios que consumen información en formatos breves y descontextualizados.

Juventud sin memoria vivencial

Uno de los puntos más alarmantes del análisis es la penetración de estos discursos en los adolescentes. ¿Por qué permea la violencia política en quienes no vivieron las épocas más oscuras del país? La respuesta radica en la falta de memoria vivencial.

Los jóvenes de hoy nacieron en el siglo XXI; no vivieron el terrorismo de Estado de la dictadura iniciada en 1976 ni sufrieron el estallido social del 2001. Por lo tanto, carecen del bagaje emocional e histórico para decodificar ciertas provocaciones. Cuando un referente libertario reivindica el uso del “Falcon verde”, para un adolescente es un símbolo vacío, no una amenaza real de secuestro y tortura. Encuestas nacionales de juventud indican que menos del 30% de los adolescentes entre 16 y 19 años logra identificar correctamente los principales hitos económicos y represivos de la última dictadura cívico-militar.

El desafío en la escuela

Frente a este panorama, la escuela secundaria se encuentra ante una encrucijada crítica. Miguel enfatiza que las estrategias pedagógicas tradicionales quedaron obsoletas. “No sirve pararse frente al aula y decir ‘esto es fascismo’, porque para ellos esa palabra no significa nada”, reflexiona la investigadora.

El verdadero desafío docente implica abandonar la bajada de línea moralizante y fomentar el pensamiento crítico. La tarea actual es desarmar los discursos de odio a través de la empatía, el debate argumentado y la contextualización histórica, logrando que los jóvenes comprendan que la violencia política no es un acto de rebeldía innovador, sino una receta que ya fracasó y dejó heridas profundas en la sociedad argentina.

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