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Crisis en los comedores comunitarios de Neuquén: entre la falta de alimentos y el avance narco

Mientras la demanda de asistencia alimentaria crece exponencialmente, los referentes sociales denuncian el envío de mercadería a punto de vencer, la falta de insumos básicos y el crecimiento del narcotráfico en los barrios vulnerables. El testimonio desde la primera línea de fuego en el barrio Confluencia.

La cara oculta de Vaca Muerta

La crisis en los comedores comunitarios de Neuquén expone una realidad que contrasta drásticamente con los millones que genera la industria petrolera. En el barrio Confluencia, el comedor “Doña Olguita” es un termómetro de la vulnerabilidad social: lo que comenzó en pandemia como un auxilio para 30 vecinos, hoy es el sustento indispensable de más de 80 familias.

Laura, coordinadora y fundadora del espacio, relata en primera persona el desgaste de sostener una estructura solidaria que depende en un 90% de un Estado al que describe como desconectado de las verdaderas urgencias.

Dieta a base de carbohidratos y falta de empatía

Las voluntarias del comedor trabajan ad honorem, pero la voluntad choca contra la falta de recursos. Desde la asunción de la gestión provincial de Rolando Figueroa, los referentes sociales advierten un deterioro significativo en la calidad y cantidad de la mercadería recibida.

  • Insumos básicos ausentes: Faltan elementos elementales como cuchillos, artículos de limpieza, aceite, sal y carne en buen estado.
  • Menú restringido: La asistencia estatal se limita casi exclusivamente a fideos y arroz. “No mandan ni polenta, solo tallarines. Tenés que ingeniártelas”, señala Laura.
  • Mercadería al límite: Los víveres secos suelen llegar al borde de su fecha de vencimiento.

El dato de contexto: La provincia de Neuquén, a pesar de sus recursos hidrocarburíferos, mantiene cifras de pobreza que alarman. Según estimaciones recientes de observatorios sociales, la inflación en la Patagonia —históricamente la región más cara del país— ha empujado a miles de familias de clase trabajadora a depender de la asistencia alimentaria intermitente para poder llegar a fin de mes.

Auditorías que cuentan platos, pero no historias

El sistema de control provincial también está bajo la lupa. Mientras el año pasado el comedor “Doña Olguita” recibió ocho auditorías exhaustivas, en lo que va de este año los relevamientos se han vuelto superficiales.

Los inspectores se limitan a contar cuántas porciones retira cada familia, sin indagar en el contexto social, nombre, apellido o situación habitacional de los asistentes. “No somos un número. Nosotros terminamos haciendo de asistentes sociales: vemos a madres desesperadas y a abuelos que viajan desde Provincias Unidas solo para buscar un plato de comida”, explica la coordinadora.

Además, los referentes denuncian la existencia de “comedores fantasma” que, por afinidad política, figuran en los registros oficiales y reciben partidas presupuestarias sin brindar asistencia real en los barrios.

El narcotráfico: el otro Estado que sí está presente

La falta de contención gubernamental deja un vacío que es rápidamente ocupado por el narcotráfico. En el barrio Confluencia, a pocas cuadras del renovado y turístico Paseo de la Costa, la realidad es otra.

Los niños y adolescentes que quedan fuera del sistema de contención (que suele limitar sus actividades hasta los 13 o 14 años) terminan en las calles, expuestos a las adicciones. “El barrio sigue a los tiroteos todos los días. Los kioscos narcos están en todos lados y la policía hace la vista gorda”, denuncia Laura.

La falta de infraestructura agrava el problema. Las calles oscuras por la noche y la falta de cámaras de seguridad —justificada por las autoridades bajo el argumento de que “no hay suficientes denuncias formales”— facilitan el movimiento delictivo.

Un salón construido a pulmón

Frente a la inacción, la comunidad se organiza. Laura y su esposo construyen en su propio terreno un salón para que los niños puedan comer bajo techo y acceder a talleres de capacitación, intentando alejarlos de los peligros de la calle.

Para financiar la compra de ollas, tuppers, garrafas de gas e incluso materiales de construcción, las voluntarias organizan ventas de locro, pollos y empanadas. “A veces me vienen a cortar el gas porque no puedo pagarlo. Siento que llevamos al hombro algo que no nos corresponde, pero si tenés un plato de comida, no se le niega a nadie”, concluye.

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