La escalada bélica en Medio Oriente volvió a sacudir al mercado energético global y empujó el precio del barril Brent a la franja de 79 a 80 dólares, muy por encima de los 60 dólares registrados en enero. El salto no responde a daños confirmados en yacimientos o refinerías, sino a un factor logístico: la virtual paralización del tránsito por el Estrecho de Ormuz, por donde circula cerca del 20 por ciento del petróleo mundial.
Las navieras comenzaron a restringir el paso y las aseguradoras retiraron coberturas, lo que en la práctica funciona como un embargo operativo. Esa restricción alteró la percepción de riesgo y anticipa jornadas de alta volatilidad.
El impacto también alcanzó al GNL, que en el mercado europeo se negocia con subas del 25 por ciento, en torno a los 14 dólares por millón de BTU.
En este escenario, el Brent podría estabilizarse entre 80 y 90 dólares, aunque el umbral de los 100 dólares dejó de ser una hipótesis extrema si el conflicto se profundiza o se producen daños en infraestructura energética.
La situación se agravó tras la respuesta iraní contra países del Golfo que albergan bases militares estadounidenses, lo que amplió la zona de riesgo a puertos, terminales y oleoductos.
Aunque el mercado contaba con buena oferta y capacidad ociosa de la OPEP, esa disponibilidad no puede compensar una interrupción del transporte marítimo.
En ese contexto global, Vaca Muerta adquiere un rol estratégico. En febrero de 2026, alrededor del 70 por ciento del petróleo y el gas del país se produjo en Neuquén, y más del 90 por ciento de ese volumen provino de la formación no convencional.
El dato es estructural: el 85 por ciento de la matriz energética argentina depende de hidrocarburos, lo que convierte al yacimiento en el principal factor de seguridad energética.
Los precios internacionales más altos mejoran la rentabilidad exportadora y las regalías, pero abren el desafío de administrar la brecha entre el valor interno y la paridad de exportación, con impacto directo en la inflación y en la inversión.







