Gobierno de la Provincia del Neuquén

Se suicidó en la cárcel Salvador Pucci, el misterioso asesino de Neuquén

Salvador Pucci, el hombre que en Neuquén fue dos veces condenado por matar mujeres, dos crímenes que nunca admitió haber cometido, se suicidó este lunes en su celda de la Unidad 11, donde cumplía su última sentencia, 20 años de prisión.

Tenía 60 años, y una historia llena de misterios que nunca aclaró totalmente, y que ahora se llevó a la tumba. En 1989, Pucci fue condenado a prisión perpetua por el asesinato de quien era su esposa, Sebastiana Lara. Nunca se encontró el cuerpo de la víctima, y el asesinato mantuvo en conmoción en esa década de la recién retornada democracia a Chos Malal y a la provincia.

Pucci nunca admitió el crimen, siempre dijo que Sebastiana había huído, que estaba en Chile, que era todo una trampa con ocultos nexos de dinero y poder.

Después, gozando ya de una libertad relativa, en 2010, fue acusado y sentenciado por el crimen de otra mujer, Miriam Flores. El cuerpo de esta víctima fue encontrado, y los caminos de la investigación condujeron a quien había sido condenado por asesinato hacía mucho tiempo. Pucci fue detenido, intentó suicidarse, no lo consiguió, y fue condenado.

Este lunes, solo en su celda, consiguió su propósito y terminó con las especulaciones que todavía motivaban a periodistas a buscarlo para que contara historias de difícil comprobación. Las primeras versiones indicaron que se había ahorcado con el cable de un televisor. Pero esto tampoco se había confirmado oficialmente cuando eran las 21:42 y se apuraba la primera parte de esta crónica.

Aquellas charlas…

Este diario publicó en su momento un largo artículo de Mario Cipitelli, en el que este periodista recordaba charlas con el entonces preso por el asesinato de Sebastiana Lara. Este es el texto, de nuestro archivo:

Nunca había hablado con una persona condenada por haber cometido un asesinato que juraba y perjuraba no haberlo cometido.

Siempre pensé que sería todo un desafío para mí, como periodista, porque inevitablemente tomaría parte en el caso. Es decir, tendría que creerle o no. Dar mi fallo personal, aunque no sirviera de nada.

A fines de la década del 90, junto a dos periodistas, yo producía y escribía los guiones radiales para el “El Crimen”, un programa semanal que se emitía por LU5 y que analizaba y recordaba asesinatos resonantes que se habían cometido no sólo en la región, sino también en el país y el mundo.

Las investigaciones que realizábamos eran tan apasionantes como intensas. Buscábamos testimonios, “novelábamos” el caso y hasta hacíamos dramatizaciones del hecho.

En una de las tantas charlas de producción, a alguien se le ocurrió que sería bueno recordar lo que toda la región conocía como el “Caso Pucci” y que tenía como protagonista a Salvador Pucci, un hombre oriundo de Chos Malal que había sido juzgado y condenado por el crimen de su esposa, Sebastiana Lara.

El “Caso Pucci” era realmente apasionante porque encerraba mucho misterio. Para la Justicia, este hombre de clase media y dedicado al comercio, había sido el autor material del crimen de su mujer.

La sumatoria de indicios permitió que los jueces llegaran a un veredicto condenatorio más que a pruebas contundentes aunque el cuerpo de la víctima nunca fuera hallado. Así fue que Pucci terminó en la Unidad Penitenciaria N°9 de Neuquén con prisión perpetua.

El tema era bueno como para tratarlo en el programa, pero el desafío era poder escuchar el testimonio de este hombre que, aun condenado, aseguraba que era inocente.

Después de hacer contacto con familiares de Pucci, logramos algo que parecía imposible: conseguir una serie de entrevistas vía telefónica para hablar con él ya que ingresar a la U9 para entrevistar a un recluso estaba prohibido. El plan era muy simple: un allegado directo a Pucci que tenía una amistad con un guardiacárcel le entregaría un teléfono celular para que a una hora determinada (las 23) yo pudiera llamarlo durante una semana.

La primera entrevista fue tensa por razones obvias. Pucci no confiaba en mí, ni yo confiaba en él.

“Yo no la maté… tenés que creerme. ¿Me creés?”, me dijo esa primera vez como si yo fuera un juez que estaba a punto de dar el fallo.

“No tengo por qué creerte o no…”, le dije esa noche mientras me temblaba el pulso.

“Si vos no la mataste… quién fue”, le retruqué como si nunca le hubieran hecho esa pregunta.

“Ella no está muerta. Está viva y lejos de Neuquén, probablemente en Chile o en Buenos Aires”, sostenía con tono firme, pero sin levantar la voz.

Yo sabía que la charla no se podría extender demasiado. Había rondas que hacía el personal de la U9 que en reiteradas ocasiones interrumpían nuestra charla. Cada vez que Pucci escuchaba el ruido de una de las puerta de hierro, contaba los pasos de los guardias y sabía que después de la pisada número tal, el custodio pasaría frente a su celda.

“No cortés… cuando pase sigo hablando”, me dijo esa primera vez.

Así, los taconeos que retumbaban hasta en el auricular de mi celular, se iban escuchando cada vez más fuertes hasta que comenzaban a quedar en segundo plano para luego desaparecer.

Lejos del pequeño privilegio que tenía Pucci de tener un teléfono cada tanto para hablar con su familia, la vida en la U9 era dura y peligrosa.

Lo fue desde el primer día que pisó la cárcel ubicada en la calle Entre Ríos cuando tuvo que enfrentarse con algunos presos que eran los que “administraban” el lugar y marcaban el territorio a los nuevos.

Así fue que su más de un metro ochenta y pico y su carácter fuerte, le permitieron a Pucci enfrentarse con el líder que intentó marcarle la cancha.

“Lo cagué a palos, pero ahora estoy condenado otra vez… y ahora es una condena a muerte”, me dijo.

La paliza que le dio al otro preso no fue gratuita. Pucci sabía que cada vez que saliera a un espacio común debía cuidarse de todo y en todo.

“¿Sabés lo que es bañarse y lavarse la cabeza con los ojos abiertos aunque el jabón te queme?”, me preguntó entre risas cuando comenzó a tomar confianza.

De la misma manera, cuando salía al “recreo” el condenado se desplazaba con su espalda pegada a la pared porque sabía que si se descuidaba en cualquier momento lo atravesaría un puñal casero, una “faca” como conocen en la jerga carcelaria a las armas de puño afiladas contra el suelo.

A medida que las charlas avanzaban mi confianza también iba en aumento y luego de cada entrevista no dejaba de pensar en Pucci. Por momentos creía en su supuesta inocencia, pero también se me venía a la memoria la imagen del cadáver de su mujer, probablemente mutilado, o semienterrado en algún lugar recóndito del norte neuquino. Pero el cadáver no había aparecido nunca… ¿cómo pudo ser que nadie lo haya encontrado?

El caso fue realmente resonante porque por primera vez la Justicia condenaba a una persona por un crimen sin que el cuerpo de la víctima hubiera aparecido.

“A mí no me cabe ninguna duda. El la mató y escondió el cuerpo”, me había dicho Enrique Prueger, que ofició de perito en el juicio.

Enrique sostenía que Pucci le había disparado a su esposa con un arma de fuego y que había intentado tapar un hueco que dejó un balazo en la pared. Luego había envuelto el cadáver en una lona y lo había hecho desaparecer.

Indudablemente uno escuchaba a Prueger y sonaba convincente. De hecho la Justicia le creyó, pero la versión de Pucci decía todo lo contrario.

“A mí me hicieron una cama…”, me dijo a medida que avanzaban las entrevistas. “Yo me llevaba mal con mi mujer, pero por eso no la iba a matar. Ella se fue sola, por su propios medios… ¡Tenés que creerme!”, insistió una vez con un tono tan fuerte que yo pensé que su voz se había escuchado en toda la cárcel.

Cada vez que Pucci se alteraba yo intentaba calmarlo con alguna tontería o cambiándole de tema. Y la estrategia surtía efecto. Por momentos sentía que yo era una suerte de psicólogo o de sacerdote que trataba de darle un mensaje de esperanza. Yo era el que le “ponía la oreja” para que el famoso preso neuquino me contara lo que tuviera ganas de contar o no me contara lo que quería escuchar.

“La celda no es tan mala. Por la ventana puedo ver la calle Alderete y una parte de la ciudad”, me dijo cierta vez.

Le dije que yo caminaba todos los días por la calle Alderete porque era el camino casi obligado para llegar a mi casa.

“Cuando salgo de la radio siempre ando por ahí, tipo dos o dos y cuarto de la tarde. Mañana cuando vaya caminando te voy a mandar un saludo. Voy a andar con una campera de cuero negra”, le dije.

En efecto, al otro día mientras hacía mi habitual recorrido por la calle Alderete, apenas divisé la hilera de ventanas enrejadas, levanté el brazo y saludé a la nada, aunque íntimamente yo estaba seguro de que estaba saludando a Pucci.

Esa noche, apenas inicié el contacto telefónico, lo primero que me dijo es que me había visto. Me lo dijo contento. En el fondo, Pucci comenzaba a creer que yo le creía. Por lo tanto yo había empezado a ser su “amigo”.

“Acá no tengo amigos. Ni uno. Al contrario. Acá me la quieren dar y por eso estoy pidiendo que me cambien”, me dijo.

A raíz de la condena a muerte que le habían dictado sus propios compañeros, Pucci había solicitado el pase a la Unidad Penitenciaria 11, de Neuquén Capital, algo que logró con el correr del tiempo. Eso y que le conmuten la pena se había convertido en una obsesión. Su suerte dependía de una decisión política del gobernador Felipe Sapag, pero no era fácil.

Su caso había trascendido las fronteras de la provincia. El crimen había sido resonante durante mucho tiempo. Inclusive después de la condena, cuando se escapó de su primera detención en Zapala, aprovechando el descuido de los guardias durante un superclásico entre Boca y River. A los pocos días, lo atraparon y decidieron trasladarlo a la U9, la cárcel más segura que hay en la provincia y la que alberga a criminales de todo el país.

“Acá hay tipos pesados. Hay cada nene…”, me dijo serio. “¿Y vos no sos un nene?”, intenté una broma que le cayó tan mal que casi me manda a la mierda.

“¿Vos me creés o no pibe?”, me dijo enojado. “Si me crees, cuando salga en libertad al primero que voy a invitar a comer un chivo es a vos”, aseguró, como si el premio de un chivo al asador fuera el tesoro más preciado. Indudablemente para él sí lo era. Al menos en ese momento.

Salvador Pucci salió finalmente en libertad condicional a principios de 2010, luego de haber permanecido 21 años tras las rejas.

Su nombre volvió a ser noticia un año después cuando fue detenido por el crimen de una joven con la que mantenía una relación sentimental y cuyo cuerpo apareció en cercanías de La Pampa.

Hace un año que está preso esperando el juicio que comenzó este mismo lunes y en el que se decidirá si es culpable o inocente.

Una vez más se presentarán pruebas a favor y en contra y una vez más se escucharán testimonios y se analizarán pericias.

El, como hace más de una década, insiste con su inocencia.

Habrá que ver si le creen.

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