Gobierno de la Provincia del Neuquén

Neuquén sumergida

No hay taxis. El colectivo no pasa. Los comercios cierran. No hay clases. Asueto administrativo en el Estado. El agua cubre todo. La actividad se detiene. Esto, por suerte, tal vez sea fugaz. La Neuquén sumergida y detenida pasará, se irá junto con la lluvia. Queda un mal gusto en el paladar: la medida de la insatisfacción de saber que algo anduvo mal, y que será difícil, casi imposible, de corregir.

Los funcionarios convocan a la ayuda solidaria. Salen a trabajar. Meten las patas en la lluvia y el barro. En el centro el agua entra a las casas. En el Oeste, la casa tiembla y amenaza con caerse en medio del torrente. Las calles desaparecen. Las paredes se caen. Los autos pasan, intentan pasar por cualquier lado. Las camionetas se trepan a las vías del tren, y después quedan encajadas cuando pretenden bajar de ellas.

Los políticos salen en manada a demostrar trabajo solidario. No olvidan mandar gacetillas a las redacciones, para que quede claro que ellos no están distraídos de la conmoción general. No alcanza. La magnitud de la lluvia no es suficiente para alterar las estadísticas ni para reafirmar el cambio climático, pero sí es suficiente para detener a una ciudad que colapsa, devorada por su propio crecimiento asimétrico, desparejo, contradictorio y desprolijo.

Neuquén sumergida, como aquel mundo que imaginó el gran J.G.Ballard, es una ciudad detenida, congelada por el impacto de la lluvia. La naturaleza no es excusa para las deficiencias estructurales. Habrá que seguir trabajando en mejorar. No queda otra. Aunque parezca imposible. Aunque se añore aquel desierto medanoso, ahora que el agua se adueñó del paraje.

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