Gobierno de la Provincia del Neuquén

Lo que vendrá

Hay cierta aflicción especulativa respecto del futuro inmediato, de parte de los gobernantes que asumirán en diciembre en Neuquén. Es una queja que no puede manejarse de manera grosera, porque no hay a quién echar una culpa directa, sin mancharse a sí mismo en el intento. Pero el MPN, y también la oposición que gobierna algunas ciudades, saben perfectamente que el horizonte al alcance de la mano supone más deuda, algo de ajuste, y acotada espectacularidad en beneficio propio.

Se anticipa una era, transitoria, de bajo perfil gubernamental. Habrá, tal vez, una apertura inédita en los últimos años, hacia el ciudadano común. La tecnología será posiblemente usada, pero también la recurrencia al contacto cercano. Sin embargo, el bajo perfil no será resultado de estas cualidades, sino de una subordinación de los liderazgos personales, para resaltar la cuestión del equipo. Es, por un lado, saludable. Por el otro, esconde una pequeña trampita: el equipo disimula mejor las políticas con bajo nivel de satisfacción social.

Se sabe también que el epicentro social neuquino, para bien y para mal, se concentra en la Confluencia. Aquí está la mayor población, y las expectativas de crecimiento también se concentran en esta área, con consecuencias que se intentan prever dificultosamente, ya que cada vez que se planifica, se descubre la precariedad del presente y del pasado en lo que hace a la falta de planificaciones anteriores.

Para la capital neuquina, hacen falta cuantiosas inversiones, que corren a la par de lo que se pretende asegurar, que es un nivel de calidad de vida que garantice una relativa paz social. A los futuros gobernantes le nacen con facilidad gotas de transpiración culposa, cada vez que se toca el tema de la pobreza creciente, y contrastante con la riqueza, siempre desvergonzada, que crea el petróleo, aun en épocas recesivas de su producción incesante. El distrito capitalino, con su área de influencia, es el que más preocupa, por su densidad poblacional y sus grandes bolsones de pobreza. Aquí es donde se mezcla el Hilton con la villa miseria, la piscina climatizada con la canilla comunitaria.

La explotación de hidrocarburos genera riqueza y pobreza, inevitablemente, porque la distribución de los recursos es despareja. El Estado ha mediado en esto en Neuquén, con resultado agridulce: ha conseguido mantener bajo el nivel de conflictividad social, a costa del dispendio clientelar de la asistencia pública y de su propio crecimiento, desmesurado en burocracia. Neuquén tiene un Estado al estilo de la vieja Unión Soviética,  clavado en una economía despiadadamente competitiva, con libre mercado a medias, y restricciones autoritarias –acrecentadas en la última década- que solo ayudan a la ficción de una realidad siempre escondida.

El nivel ascendente de la deuda estatal neuquina no aflige por su volumen, sino por su tendencia a ser utilizada para cubrir gastos corrientes. El razonamiento no es descabellado, sino bastante lógico: si con una deuda relativamente baja, se tienen estos procedimientos, solo cabe esperar un mayor porcentaje de financiamiento caro aplicado a los gastos, en la medida que los recursos no aumenten. Sería una combinación letal para la economía de fuerte sesgo estatal en la provincia.

La esperanza de salida de una eventual encerrona pasa, y aquí hay otra aflicción especulativa, por decisiones que no se pueden manejar desde Neuquén, aunque hayan sido disparadas y promovidas desde aquí. Tienen que ver con el mundo y con el gobierno nacional. Es así con el posible comienzo de la represa Chihuido I, y con el despegue en mayor volumen de la producción en Vaca Muerta. Pero como se comenzó a gastar a cuenta de estos proyectos aun no concretados del todo, la urgencia es mala consejera. ¿Cuánto insumirá el tránsito hacia estos mega-proyectos, generadores de miles de puestos de trabajo y mega inversiones millonarias? Ese el cálculo más difícil de hacer, el que en realidad nadie puede hacer con certeza, y el que está en la raíz de la especulación política neuquina, tanto sea para bien del oficialismo como para su propia autodestrucción.

Es cierto que no es la primera vez que Neuquén está ante una coyuntura difícil. Ya pasó, en el período 1995-1999, un trance amargo de bajo precio del crudo, que obligó a hacer un ajuste al propio Felipe Sapag en lo que sería su última gestión de gobierno. Fue cuando aquel gobernador iniciático de la Neuquén moderna, dispuso el controvertido recorte del 20 por ciento del adicional por zona en los salarios estatales. Pero lo que sucedió antes puede servir de comparación hasta cierto punto, pues la historia de las sociedades jamás repite en igualdad de condiciones. Ahora hay más complejidad, diferentes contextos, y la exigencia social ha crecido y desborda cualquier cálculo que pretenda sustentarse en la idea de un Estado que todo lo puede. El Estado solo ya no podrá, será necesaria una vinculación distinta con la sociedad civil, una menor distancia, y –casi seguro- una proporción de cantidades distinta, que reduzca su capacidad de auto-digestión de recursos, ese fenómeno tantas veces registrado en Neuquén, donde el Estado se devora a sí mismo.

Rubén Boggi

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