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Lanús eliminó a River y lo sumergió aun más en su depresión

En un partido de fútbol convertido en fatal confirmación de una desazón profundamente colectiva, River fue eliminado de la Copa Sudamericana por Lanús, mediante un categórico 3 a 1, y se sumergió en una preocupante depresión sin salida aparente.

Hacía mucho que no se veía un partido en el que un equipo aparecía desprovisto de toda esperanza prácticamente desde el principio, y el otro, su rival, dueño de todas las seguridades y alegrías que puede dar este singular deporte que es pasión de los argentinos.

Lanús pegó el primer grito a los seis minutos. En una jugada que mezcló habilidad, torpeza, y elegancia, González terminó metiendo de taquito un defectuoso disparo de Somoza. La pelota brincó, describió una rara parábola seguida por los ojos congelados de Barovero, y fue a dar contra las redes.

Desde allí en más, todo fue una lenta confirmación de la agonía. En otra jugada fulgurante, el Lanús de los tres delanteros confirmó el acierto de los Barros Schelotto: Melano se fue por la derecha, tiró el centro a ras del piso, Acosta la dejó pasar con amague de taco, y Silva la empujó ante un arco abierto como las fauces de un gigante que reía.

Dos a cero, dos goles de visitante, eran ya demasiado para un River que se repetía en centros infructuosos, tiros de esquina mal ejecutados, jugadas de pelota parada sin imaginación alguna.

Era el preámbulo de un desastre tal vez anunciado. La hinchada comenzó a murmurar, después a cantar ofensivamente, por último a silbar a cada jugador, con una ó dos excepciones: Kraneviter, Barovero…

El tercero llegó por decantación, en un contraataque que Ayala definió fríamente, con un seco disparo de derecha. Era ya el final, pese a que River después hizo un gol. En las tribunas la gente ya se agarraba a las trompadas, y la cara de Ramón Díaz en el banco se alargaba hasta tocar el áspero césped del Monumental más frío de los últimos tiempos de la depresión riverplatense.

Lanús celebró, River corrió a los vestuarios, lleno de vergüenza. Porque evidentemente se había perdido más que un partido. Se había confirmado esa gradual caída irreparable que se venía anunciando, en medio del desconcierto y de las palabras grandilocuentes.

 

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