Gobierno de la Provincia del Neuquén

Coincidencias

Un paseo rápido por la Bustillo. Otro a bordo del histórico catamarán Modesta Victoria por el Nahuel Huapi. La maquinaria de seguridad se mueve con eficiencia. Casi no se nota. Apenas se intuye, en la presencia de algún rubio alto, pelo corto, anteojos oscuros, con pinta de servicio secreto, tomando una cerveza como al descuido.

Barack Obama en Bariloche. El Llao Llao, la majestuosidad del paisaje, y el contraste con la sencillez del Presidente de la potencia mundial más poderosa. ¿Cuán sencillo se puede ser en esas circunstancias? Obama dio cátedra de eso. No salió a pasear de incógnito, como la princesa que protagonizó Audrey Hepburn, por las calles de Roma, ni buscó un romance con el equivalente femenino de Gregory Peck. Pero sí aceptó dar unos torpes pasos de tango con Mora Godoy. El primer presidente estadounidense que hizo algo así en toda la historia de Argentina.

El “Por una cabeza” lo había bailado, en la remake de “perfume de mujer”, Al Pacino. También (muy mal, por supuesto) el republicano ex gobernador de California, Arnold Alois Schwarzenegger, en “mentiras verdaderas”. Dio cátedra otro yanqui, este buen actor, Robert Duvall. Pero presidente, el único hasta ahora ha sido Obama.

Y estuvo en Bariloche. Unas pocas horas, con organización perfecta. Los argentinos pendencieros alcanzamos a tocar la súper camioneta negra en el paseo previo al Llao Llao, como coletazo de la manifestación recordando el infausto golpe de Estado de 1976. Fue un amague casi ridículo de agresión, mirado piadosamente por la seguridad del primer mundo. Una parte de la sociedad política argentina mira con desprecio lo que se interpreta como un retorno a las “relaciones carnales” de los ’90. Esa parte odió a Obama en estos días. El resto lo amó. Así son las cosas en este mundo que se parece a las películas.

Estuvo Obama en Bariloche, y fue justo el 24. ¿Una coincidencia? Dudosamente lo haya sido. Como decía Bob Dylan (en realidad, Robert Allen Zimmerman), la respuesta está soplando en el viento. Porque los tiempos están cambiando, más rápido que lo que muchos argentinos tal vez se dan cuenta, y la historia comienza a verse despojada de odios inmediatos, con mayor objetividad. Esa Bariloche que recibió a Einsenhower con Frondizzi, y de la que surgió la “Declaración de Bariloche”, en 1959, ha sido testigo, otra vez, del retorno de un ciclo renovado en la política argentina. No es coincidencia, es parte del ciclo que produce en estos días un retorno, modificado y distinto, de aquel desarrollismo, de aquella idea de Argentina vinculada a los grandes países del mundo.

Rubén Boggi

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