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Argentina dejó todo en la cancha y se llevó el triunfo

Pusieron talento, pusieron esfuerzo, pusieron el alma. Con lo que es este equipo. No una maravilla cósmica, apenas un resultado de la humanidad. Imperfecto, pero cada vez más sincero consigo mismo. Así, ellos, los jugadores, le ganaron a Suiza.

A 118 minutos de haber comenzado un partido tremendo. Nunca había tenido oportunidad para un contraataque. Si de algo se había preocupado Suiza, era de eso. Capturó la pelota Messi. Se olvidó del cansancio. Encaró con esa pelota pegada al pie como una luna atada al flanco de un jinete. La abrió en el momento justo para Di María. El fideo le pegó como venía, suave, con frialdad exasperante. La redonda superó la estirada del arquero, y entró a ese arco que parecía cerrado para siempre, abierto ahora para el pase a los cuartos, para el suspiro de alivio, para la euforia mezclada con las lágrimas sufridas del cansancio.

Argentina fue un justo ganador. Tuvo un montón de oportunidades contra dos de los suizos. Ellos, que hicieron también un excelente partido con menos potencial técnico, tuvieron esa que Chiquito Romero atrapó en el aire cuando Drmic la quiso picar y se quedó en el intento. Y al final, el cabezazo que era el empate, pero que dio en el palo, que se fue afuera tras tropezar otra vez con el delantero, que permitió comprobar que el resultado era ese acuñado por el flaco de los mil pulmones, el de cara de feo con orejas grandes, ese que dibuja corazones con los dedos.

Argentina tuvo muchas ocasiones de gol. El equipo jugó muy bien el segundo tiempo, lo pasó por arriba a Suiza, pero chocó con la mala puntería o con el arquero. Son cosas que pasan. Y que pasan con frecuencia en este Mundial, atípico, emocionante. La mayoría tuvo que ir al alargue. Algunos, a penales. Fue la costumbre de la fase de octavos.

Messi hizo un gran partido, más como armador de juego que como definidor. Di María se subió al podio principal por esa joya de último momento y por un despliegue incesante en todo el partido. Bien Zabaleta, como siempre, y extraordinario Mascherano, no solo por lo que hace sino por lo que contagia. Nadie desentonó en la Selección. “Pusimos el alma”, dijo Di María, ya héroe, ya cansado, ya pensando en lo que vendrá.

El Mundial es así. En el mejor de los casos son siete partidos. Van cuatro. Cuatro triunfos, conviene no olvidar este dato. En este proceso, Argentina consolida un perfil, un modo, una actitud. Es algo que solo se consigue sobre la marcha. En el fragor mismo de la batalla. A eso apuesta ahora, al temple recién fraguado.

El próximo partido también será difícil. ¿Acaso puede pedirse otra cosa?

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